Hace varios años me encontré con esta distinción y
cada vez me hace más sentido, puede ser porque
siempre reconozco algo de mí en “La Víctima”, pero también porque cada me identifico más con “La
Protagonista”.
En nuestra cultura, desde pequeños cultivamos la conciencia
de víctima. No sé si les tocó ver, alguna vez, a una madre consolar a un hijo, que se había
golpeado en la cubierta de una mesa, diciendo… “tonta mesa”, como si la mesa se
hubiera atravesado maliciosamente en el camino del niño. Recuerdo también
haberme visto usando o validando justificaciones que ponían la responsabilidad
de lo que nos sucedía afuera: “el profesor me tiene mala”, “el clima no quiere
que yo salga”, “mi mamá no me ayudó nunca a hacer las tareas”, “mi papá se la
pasaba trabajando”; “soy el hijo del
medio”, y un sinfín de explicaciones,
coronadas por la mala suerte, que a mi juicio, son entelequias para calmar las
dudas acerca de nuestra eficacia personal.